jueves, 23 de junio de 2011

Offtopic: "Mariana y Nicolás", por Marcos Pereyra.

Hola gente, hoy les traigo una entrada (o más bien, una historia) interesante :)

Resulta que en el pasado mes de abril, compré por internet Cazadores de Sombras: Ciudad de Cristal. Pues bien, resulta que ese mes, con la compra, venía una revistita llamada Oblogo. Ni bola le di, la dejé en la caja en donde me vino el libro y me re olvidé.

Hace unos días atrás, no sé por qué, saqué la revistita de la caja y me puse a leerla. Resulta que la revistita (Oblogo) es una recopilación de entradas curiosas (por lo general, graciosas o reflexivas) que hay por la bloggósfera argentina. Mientras la leí, me reí bastante. Pero hubo un relato que me llamó la atención particularmente: "Querido" Nicolás. Buscando en San Google, me topé con el blog del creador de esta historia, y me puse a leerla desde el principio.



La idea de esta entrada es, justamente, compartir con ustedes esta historia de 7 capítulos escrita por Marcos, para que todos aquellos que no la conozcan se puedan llevar unas buenas risas un rato.

Por otro lado, para aquellos que luego de leer la historia quieran leer más del autor, pueden visitar su blog, 2teclas.com


Ahora sí, la jodida/cómica/retorcida historia de Mariana y Nicolás.










Querida Mariana,

Cuando te fuiste la música se fue de mi vida. Te llevaste mi Ipod lleno de cosas que no te gustaban, y me dejaste tus discos de Arjona y aquel CD player que no deja pasar del tema 5 de ninguno.

La casa está tan vacía que a veces extraño hasta a tu gato. Sus marcas están en todos mis muebles y hay olores que jamás desaparecerán. Tanto lo extraño que me asomo a mi ventana y veo la mancha que dejó en el pavimento. El sonido de su grito final en mi cabeza es lo único que mitiga los gritos de Arjona, temas 1 a 4. Miss Kitty Katt, tu sacrificio no fue en vano, y si los gatos tuvieran 7 vidas, te tiraría 6 veces más.

Me cuesta no llamarte pero veo el teléfono y no pienso en otra cosa. Ayuda que todas las memorias del aparato estén ocupadas por los números de la psicótica de tu madre, el borracho de tu viejo, tus primas, y aquel compañerito de laburo que hasta el día de mi muerte sospecharé te garchó más de una vez. Y nunca aprendí a reprogramar el maldito aparato.

Llega el cartero y abro cada sobre ansioso, esperando tener noticias tuyas. No me defraudás. Los resúmenes de la tarjeta con las cuotas 4, 5, 6 y subsiguientes de 52, de aquella tele que compraste el último día me hacen recordarte con pasión. Sé que marqué tu vida de forma indeleble cuando te motivé a ver novelas en 42 pulgadas, estén donde estén vos y el LCD.

Caminar por la vida sin tenerte a mi lado es difícil, pero lo realmente imposible es andar en auto. ¿Era necesario que lo prendieras fuego? ¿Era inevitable que se incendiaran dos autos más, y que la noche en que desvalijaste mi casa, yo estuviera demorado en la comisaría?

Mi vida como la conocía se terminó cuando te fuiste, y es una lástima que no hayas pensado en todos los momentos que pasamos juntos antes de irte de forma tan explosiva.

Cuando hay amor, todo puede charlarse. Todo se explica y todo puede perdonarse. Si me hubieras dado la chance, si me hubieras escuchado, si hubieras confiado en mí, habrías podido encontrar la verdad en el fondo de tu corazón, y creerme. Recuerdo habértelo dicho, o por lo menos pienso que lo hice antes de perder el conocimiento por el sartenazo (siempre admiré tu fuerza de brazos), si, creo que lo dije, y si no aquí lo escribo: fue tu hermana la que me buscó a mí y si bien estábamos desnudos, nada había pasado.

Volvé.

Te quiere

Nico

PD. Me pareció ver al novio de tu hermana esperándome a la salida del laburo*. No estoy seguro porque alcancé a esconderme atrás de una columna, pero vos no le habrás dicho nada, ¿no?


*Laburo: trabajo.









-Llevate mi auto – me dijo Inés, antes de caer desmayada por el vodka.

Yo no estaba muy convencida, pero estábamos en Tigre y al día siguiente me tenía que levantar temprano.

El Audi tenía un olor a nuevo que mareaba, y Arjona sonaba con tanta nitidez, que pensé que era al lado mío donde lo estaban matando. Tuve que apagar la radio de un manotazo. Fue Nicolás, el que me enseñó a odiarlo. Quizás la única cosa buena que hizo.

Nicolás fue mi novio, hasta la noche en que lo encontré en bolas con mi hermana. No estoy orgullosa de lo que pasó después, pero creo haberlo superado. Por lo menos, ya no siento tanta rabia, y la violencia que me genera la frase “no pasó nada”, es cada vez menos física.

Flotaba por Lugones sintiéndome Luke Skywalker en el autito ese que vuela, en La Guerra de las Galaxias, cuando un imbécil, de la nada, me tiró una camioneta encima, obligándome a detenerme.

-¡Pelotudo! –le dije, mientras agradecía no haber chocado, lo que hubiera significado seis de mis sueldos en un chapista.

No le debe haber caído bien, porque se bajó con una pistola en la mano. Sus dos amiguitos también estaban armados. Antes de que me hubiera dado cuenta, ya éramos cuatro en el auto.

-¿Cómo te llamás? –me preguntó el que había cantado “copiloto”.

-Mariana, ¿y vos? –no quise hacerme la estúpida, pero me sale naturalmente cuando estoy nerviosa. Y estaba nerviosa.

Por alguna razón no le cayó mal mi respuesta (aunque no me contestó), y empezamos así una rutina que parecían tener más ensayada que disculpa de hombre infiel. Me sentí la actriz invitada en una compañía de actores que llevaban años juntos.

Después de dos cajeros, lo único que me quedaba era la duda de cómo hacer para pagar la Visa, que como un tren se vendría en unos días.

Se sorprendieron de que no tuviera más, pero cuando les expliqué que la hija de papá era la borracha de mi amiga Inés, y no yo, me entendieron. No que les variara lo más mínimo su desesperación por sacarme todo lo que tenía.

-Llevanos a tu casa.

Dudé por primera vez en la noche, y para quien no sepa de qué estoy hablando, es algo así como tratar de elegir entre un tiro en la cabeza, en plena calle, y una violación grupal en tu departamento. Más que cómo, es exactamente eso.

-Tranquila, nena. Somos profesionales.

Lo dijo de una forma tan convincente, y con la pistola tan cerca de mi cabeza, que no me quedó otra que creerle.

Me temblaban tanto las manos, que fue una suerte que fueran caballeros, y decidieran abrir la puerta del departamento ellos mismos.

En segundos cargaron la notebook, máquina de fotos digital, el LCD (era nuevísimo), y hasta los dos mil dólares que con tanto esfuerzo sabía habían sido ahorrados. Y una botella de cerveza que había en la heladera.

-Nena, ahora nos vamos a ir –me dijo el que hablaba siempre, y pensé que la sensación de alivio iba a hacer que me meara encima – Vos te quedás acá media hora. Y después, nuestras caras no las viste nunca. ¿Estamos?

Usé cinco de esos treinta minutos para escribir esta carta, que prolijamente acomodé en la repisa de entrada, antes de dejar el departamento de Nicolás.

"Querido" Nicolás,

Seguís siendo un hijo de puta, y a esta hora debés estar revolcándote con alguna de tus perras por ahí. Lo único que lamento es que no estuvieras acá, para que te fajaran un poco.

Saludos,

Mariana.

Me di cuenta de que en una cosa sí me había equivocado. Todavía tenía rabia. Mucha.





Elija la cola que elija, siempre será la que más tarde.

Me puse atrás de un carrito que tenía provisiones como para alimentar a los mineros durante seis meses, y me resigné.

De haber estado algo más lúcido, me hubiera percatado de que tanta comida, tiene siempre una razón. En ese caso eran cuatro. Cuatro inmundos rubiecitos que parecían haber sido educados por Satán, en un día especialmente malo.

Comían como si estuvieran en la cancha, y gritaban como si a cada minuto hubiera un gol. La madre que los había parido, estaba en un estado narcoléptico, y nadie que tuviera un corazón, aunque sea artificial, hubiera podido decirle nada.

Soporté los gritos y hasta los golpes (si, de vez en cuando ligaba alguna patada), sin decir una palabra, y viendo avanzar otros carritos como si tuvieran el PASE de la autopista.

Para sumar insulto a la agresión, en el único momento en que la madre hizo contacto con el mundo, fue para ver lo que yo llevaba en mi carrito. Fernet, whisky, papas fritas, cerveza y varios tipos de fiambres. El gesto de reprobación me dio ganas de abofetearla, pero la ignoré. Yo vivía mi propio infierno, gracias a ella.

La voz me llegó desde la derecha, atrás, y me irritó un poco más, si eso era aún posible.

-No, flaco. Las cosas no son así. No me llamás y yo salto, ¿entendés? Es más, no me llamés y punto. No me interesa hablar con vos, y menos que menos tomar un café, una coca, una cerveza o comer sushi o ravioles. NO ME MOLESTES MAS.

No tuve que darme vuelta para sentir que el mensaje que la mujer le estaba dando a su interlocutor era en realidad positivo. ¿Quién iba a querer meterse con una loca como esa?

Me di vuelta despacio, para tratar de identificar la fuente de la discordia, y LA PUTA MADRE. Estaba agachada acomodándose el jean en la bota. El pantalón había sido tatuado arriba de la cola más perfecta que pude haber visto jamás. Después de grabar a fuego esa imagen en mi memoria, seguí subiendo, y me encontré con un pelo lacio del color del viento en la playa, que le llegaba a la mitad de la espalda, y empecé con el mantra mental de “mirame, mirame, mirame”.

Tienen un sexto sentido, y por supuesto se dio vuelta con un giro sobre sí misma que me hizo acordar a una bailarina de ballet, aunque nunca en mi vida vi una. Ni tampoco ballet.

Los ojos tenían la furia del Increíble Hulk, pero las pestañas largas como tentáculos del Kraken, suavizaban el efecto, y lo atenuaron, hasta convertirme en un tarado. La boca estaba acostumbrada a reírse, y creo que para no hacerlo tuvo que morderse el labio inferior, en una expresión que convertía a cualquier publicidad erótica en una revista Billiken*.

Pero sus ojos, esos ojos verdes que no me dejaban respirar hacía casi un minuto, seguían clavados en los míos. Y no se movían.

Dios ahorca pero no aprieta, y uno de los pequeños bastardos que Herodes había dejado escapar, decidió darme una mano. Un pie, en realidad. Sentí la patada centímetros abajo de mi rodilla, y fue como la inyección que Travolta le aplicó a Uma Thurman en Pulp Fiction. En el medio del corazón, trayéndome de vuelta a este mundo.

-Pendejo del orto, ¿vos estás loco?

La reacción parecía exagerada, pero creo que ni Goicoextea le pegó tan fuerte a Maradona, aquella vez que lo quebró.

-Es un chico-me dijo la madre de Chuky, mientras lo abrazaba como si yo le hubiera pegado tres tiros.

Mis prioridades habían vuelto a ponerse en orden, y mi desesperación crecía segundo a segundo, mientras mi visión periférica seguía sacando radiografías de la rubia. Tenía que hablarle, pero no había forma de remontar la situación.

-Como se nota que usted no tiene hijos.

No soy “multitasking”, ni menos Estados Unidos, para mantener una guerra en varios frentes. Y estaba perdiendo en los dos.

-Disculpe, señora, pero el chico me pegó fuerte.

-Usted es un borracho-me dijo la estúpida, mirando de vuelta mi carrito con desprecio, hasta que encontró la caja de preservativos –Y un pervertido-agregó, como si hubiera entrado al sex shop más importante de Sodoma y Gomorra juntas.

La cola de la rubia había avanzado hasta estar adelante mío (y la fila también), y juraría que pude ver una sonrisa en su cara, que de perfil daba para publicidad de cualquier paraíso del Pacífico.

-Puto-me escupió otro de los inmundos pitufos, pero literalmente, aplicando una capa de Mantecol* por sobre el moretón que empezaba a crecer debajo de mi pantalón, allí donde el otro sádico me había golpeado.

La madre y sus vástagos eran moscas en mi carrera hacia la rubia, pero moscas viciosas, que no soltaban a su presa.

Mi fila avanzó, y por fin la mujer empezó a poner las cosas en la caja. A esa altura ya sabía que jamás llegaría a tiempo, y emprendí el plan B. Plan B es el lema de mi vida, pues nada nunca me ha funcionado de entrada.

-Ahora vuelvo-le dije al que estaba atrás de mi carrito, y fingí salir a buscar algo que me había olvidado.

La rubia había terminado de pagar, e íbamos por mundos paralelos, con la fila de cajas en el medio. Pero ella iba más rápido, y yo rengueaba más que House sin Vicodin.

Como sucede siempre que uno se fija objetivos elevados, son las pequeñas protuberancias del terreno las más difíciles. Esta vez fue el palo de un estropajo, que me tacleó de una forma tal que ni Contepomi podría haberlo hecho, aún con siglos de entrenamiento.

Caí sobre un charco de yogurt (que era precisamente lo que el empleado estaba secando con el estropajo), y sentí un pequeño pinchazo en la mejilla izquierda, allí dónde el vidrio de la botella rota se me había clavado.

Me paré como si tuviera resortes en las piernas, solo para resbalarme de vuelta, y terminar de mojar la parte de mi ropa que estaba seca.

Podría jurar que la rubia miró hacia mi lugar un segundo antes de dejar el supermercado, y más aún, que sonrío de vuelta.

Después de las disculpas del caso (todas las tuve que dar yo), logré salir del supermercado. Mojado, humillado, y sin haber comprado nada. Esa noche tendría hambre. Y sed.

El sol me pegó en la cara sin misericordia, y todos los ángeles del universo se pusieron de mi lado. En la puerta, apoyada en su carrito como si acabara de recibir un Oscar, estaba ELLA, mirándome con la sonrisa más hermosa que cualquier pintor renacentista podrá pintar jamás.

-Cualquiera que hace todo eso por mí, me interesa. ¿Cómo te llamás?

-Nicolás-le contesté.

-Yo soy Mariana-dijo ella, y mi vida cambió para siempre.

*Billiken: una revista para chicos con material escolar y demás.
*[...] aplicando una capa de Mantecol: sería algo así como echar más leña al fuego, hasta donde entendí.





El jueves cumplo años. Sesenta y cinco, cuarenta y dos de los cuales he sido policía. El jueves me retiro, aunque compañeros aún más viejos que yo me han dicho que uno jamás deja de ser policía, por más años que cumpla. En otras palabras, la única forma de abandonar, es dejando de cumplir años.

He visto la maldad, en todas sus formas y fondos, pero nunca como hasta ahora había sido testigo de una historia como esta, la de una ponzoña tan gratuita como estéril, tan dolorosa como humana.

Desde ya les anticipo que no sabré yo, ni tampoco ustedes a través mío, al menos, como termina esto que estoy a punto de contar, y no seré yo quien invente un final para dejarlos satisfechos. Para mentir están los abogados.

Hace ya más de cinco años que he dejado las calles. Para protegerme, o para proteger a los ciudadanos, quien sabe, me han confinado a un escritorio perdido, en una oficina aún más perdida, a la que por supuesto, llegan las cosas perdidas.

Y así en una mañana, una de tantas, me llegó este aparato que alguien encontró en algún lado. Los detalles no tienen importancia, y aunque la tuvieran, los desconozco. Pero me disperso, y no quiero.

El aparato en cuestión era uno de esos teléfonos inteligentes, tan inteligentes que ni números tenía, solo una pantalla con dibujitos, uno de los simbolizaba un procesador de palabras, y por alguna razón, ese fue el que toqué.

El documento decía “Diario”, y confieso que no fue solo la tarea de encontrar al propietario lo que me impulsó a leer, sino la curiosidad de ver algo en lo que alguien por fin no mentiría. ¿Qué sentido tiene mentirle a un diario personal?

Pero no tengo que dar excusas, o tal vez si, porque he encontrado a la dueña del aparato, y no es a ella a quien se lo entregaré, sino a otra persona. Y ustedes, si me siguen leyendo, entenderán el por qué.

La dueña no dudaba en describirse como una mujer fría y sin sentimientos, y yo creo que se queda corta. Se sabía hermosa, y su impresión era exacta, según pude ver en fotos que encontré en otra carpeta del aparatito. “Soy mala”, decía en algún otro momento, pero en realidad era peor.

La dueña hablaba de una hermana menor, y era la historia de Blancanieves adaptada a este siglo de mierda en el que vivimos. La hermana menor era hermosa, aún más que la bruja (ya la había bautizado yo como tal), y había fotos que convalidaban esta opinión.

Las dos eran bellas, pero ahí terminaba toda semejanza. Donde la bruja era calculadora, Blancanieves era despojada, donde era terminante, la otra era asertiva, donde una era pasto, la otra flor. Y todo esto era apreciado y resentido por la bruja, que era inteligente como ella sola. Aún más que Blancanieves, para ser honesto.

Pero todo este resentimiento era soportado estoicamente por la bruja, con una parsimonia que hasta podría enaltecerla, si no hubiera habido aquel incidente. Fatal, por cierto, y que consistió en el enamoramiento de Blancanieves.

Porque a ninguna de las dos hermanas les faltaron pretendientes jamás. Es cierto que las historias de la bruja eran más escabrosas, los corazones rotos más abundantes, y la sangre más roja, pero en tanto una jugaba, la otra también. Hasta que el corazón de Blancanieves tuvo dueño, y su felicidad fue total.

La bruja simplemente no lo toleró, y cuando Blancanieves partió al castillo de su príncipe azul (un dos ambientes en San Telmo), la bruja juró destruir eso que ni nombre se animaba a ponerle, y recuperar a su hermana. Nunca más la dejaría partir.

Y así fue como después de probar todo lo probable, y planear todo lo posible, se presentó una noche en la casa de Blancanieves, con una botella de vino envenenado. El veneno no era tal, por supuesto, sino simplemente un narcótico potente, que le permitiría dominar al príncipe de Blancanieves. En menos de diez minutos el tipo estaba regalado en el sillón, y en quince, ambos estaban desnudos.

Fumaba un cigarrillo cuando Blancanieves entró al palacio, y sonreía cuando Blancanieves los encontró a los dos desnudos.

La historia siguió con la furia de Blancanieves, que la bruja describió con lujo de detalles, y flujo de placer. Autos incendiados, departamentos vaciados, golpes y hasta cárcel. Y al final del día, el perdón de Blancanieves a la bruja. Eran hermanas, y la bruja, inteligente como el mal, lo había sabido desde un principio.

Esto que conté pudo haber sido ficción, pero soy policía, y comprobar estos datos no fue difícil.

Ahora mismo, mientras termino de escribir esta carta con trazo firme, en una hoja arrancada del cuaderno de mi nieta, la veo venir caminando hacia mí, y entiendo cada uno de los actos desesperados del príncipe por recuperarla. Para ser preciso, esta Blancanieves no es morocha, sino rubia como una cerveza en verano, y hermosa como tomarla. Camina firme. Rápido pero no apurada.

-Señorita, ¿me permite?

Me mira con ojos de algún cristal precioso que nunca podré tener, y para mi sorpresa, sonríe. Estoy parado en una plaza, enfrente de su trabajo, con una historia que romperá corazones que creían estar rotos. Romperá el suyo.

Le señalo el banco, y sin dudarlo, ella se sienta. Estoy agitado, haciendo algo que jamás debería haber hecho, y no es que el jueves me retire, sino todo lo contrario. Es porque el jueves me retiro, que esta es mi última oportunidad de hacer algo bien. Ella parece adivinar mis dudas, y espera.

-Señorita, tengo una historia que contarle. ¿Le molesta si la tuteo? Podría ser mi nieta.

Y sigue sonriendo, mientras los dioses mezclan una nueva baraja, cuya primera carta me toca descubrir a mi.

-Para nada. Decime Mariana. ¿En qué te puedo ayudar?





The following takes place between 3 pm. and 3,15 pm.
Las fichas nunca caen de a una, y duelen como piedras.

El policía me hablaba de mi hermana, yo leía el diario ese inmundo, y mi mundo se rompía en más pedazos que Kriptón. Y yo sin nave.

“La Bruja”, le llamaba el policía, y yo jamás podría decirle de otra manera. La trampa, el engaño y la mala leche habían sido cuidadosamente planeados por la ella, y supe que no era momento hacer estupideces apuradas. Había que pensar con cuidado los próximos pasos. Lo supe, lo entendí, y como siempre, hice todo lo contrario. Se puede luchar contra la naturaleza, pero nunca contra la propia.

Ponerle nombre y apellido a la situación, postearlo en mi blog y en la redecita nueva esa Topickr, y tuitear los links me tomó menos de dos minutos. Enviarlo por mail a mi papá, un minuto más, y al novio de la Bruja, treinta segundos. El mail a mi papá no tenía por objeto amargarlo, sino que no le diera la plata que ella le había pedido para viajar a Europa. Después de esto, no la tendría jamás.

El policía seguía mirándome mientras yo acababa de contarle al mundo (al mío), lo turra* que era mi hermana.

-Mariana, tranquilizate, pensá bien qué querés hacer-me dijo el viejito con una sonrisa nerviosa.

Le estampé un beso en el cachete mientras metía el Ipod en mi bolsillo, y crucé la calle corriendo. Estaba a unas diez cuadras del trabajo de la Bruja, y podría haberlas corrido tranquilamente, pero quería volar.

El taxi se paró justo enfrente mío, y un caballero hasta me abrió la puerta. Me senté.

-¿Qué hacés, nena?

El caballero no resultó ser tal, sino un imbécil con teorías, y la que compartía en ese momento conmigo era que el primero que tocaba el taxi, se lo quedaba.

En otro momento, en otra situación, hubiera tratado de mandarlo a la mierda con delicadeza, o literalmente, de acuerdo a las circunstancias, pero ese no era otro momento. Respiré hondo, tomé control de mi misma, y con toda tranquilidad salí del taxi, le estrellé un cachetazo en la cara, y lo dejé frotándose la mejilla como si esperara que saliera un genio. Mientras el taxi ganaba la avenida lamenté no haberle dado un rodillazo en los huevos, pero todo no se puede.

Traté de llamar a Nicolás desde el auto. ¿Qué le diría? No importa. Nunca pienso qué decir, pero tenía que hablar con él. Me atendió el contestador, pero no dejé mensaje. Ya estaba llegando al colegio de la Bruja.

La Bruja era maestra de primaria. “Era”. Y mientras caminaba por los pasillos iba juntando más y más rabia. Ese colegio era de la madre de una amiga mía, y era yo quien le había conseguido el trabajo.

-Mariana, tu hermana está en la sala de profesoras-escuché que alguien decía, mientras yo seguía corriendo.

Y ahí estaba, nomás. Fumando como un sapo, y hablando de alguna hijaputez con otra conchuda (cualquiera que hablara con ella lo sería). Me miró con sorpresa, y empezaba a sonreír cuando vacié la cafetera que había agarrado de uno de los estantes. No estaba tan caliente (yo la había tomado del vidrio), pero gritaba como si le hubiera tirado lava ardiente.

La oficina de la dueña estaba al lado.

-Mariana, ¿qué está pasando acá?

Teresita, la dueña, es mi segunda madre. No puedo agregar mucho más.

-Echala. Echala, Teresita. Ya. Por favor. Me arruinó la vida.

No lo dije llorando, ni a los gritos, sino con esa calma fría que me posee entre ataque y ataque, cuando estoy en determinado tipo de situaciones. Como esa.

Teresita miró mi mano, y vi que aún sostenía la cafetera de vidrio, y que por algún milagro todavía no se la había estrellado a la Bruja en la cara.

-Mariana-me dijo Teresita como si estuviera negociando con alguien que tuviera una pistola en la mano-, dame esa cafetera. Tranquila, vos podés.

Le dí la cafetera, por supuesto, y lo lamenté al segundo.

-¿Vos estás loca, nena?-preguntaba la Bruja, que había dejado de gritar al entrar Teresita.

Todos la miramos, pero fue Teresita la que habló. Le habló.

-¿Vos, que hacés acá, todavía?

El guardia (también había venido, atraído por los gritos) se la llevó despacito del brazo, mientras empezaba a gritar otra serie de amenazas, que olvidé al segundo de haber escuchado.

Teresita me llevó del brazo a su oficina, y casi mágicamente, puso una tasa de te en mis mano.

-Esta es para tomar, ¿eh?-me dijo, mientras se reía.

Soledad, mi amiga, la hija de Teresita, también era maestra en ese colegio, y antes de que pudiera probar el té, ya me estaba abrazando.

-Contános, Mariana, contános qué pasó.

Y les conté. Todo. La humillación, el dolor, la venganza, y la humillación de nuevo.

-Pero todo puede corregirse. Solo tengo que encontrar a Nicolás. Va a entender. Yo sé que va a entender.

Y yo, que no soy sensible ni a los rayos láser, detecté la mirada.

-¿Qué pasa? Sole, decime qué carajo pasa.

Soledad miró a su Teresita, y esta asintió. Y con más pena de la que debe haber sentido Bambi cuando mataron a su mamá, me dijo las palabras, palabras tan tristes que mi bronca se convirtió en nada.

-Mariana, ¿no sabías? Nicolás se casa. Mañana.

*Turra: mala, falsa, etc.





Sudorosos, agitados, temblando. Fuman.

Así están los dos, después de una sesión maratónica de sexo, que incluyó tanto posiciones eclesiásticas, como numéricas. En abundancia.

-Así que esta es la despedida-dice Ramón, con una sonrisa burlona.

-¿Estás en pedo? Tratá de alejarte de mí, y vas a ver lo que te pasa-contesta Verónica con furia en los ojos.

-Pero te casás mañana.

-Sí. No me hagás acordar. Las cosas que tengo que hacer para que Papi me siga bancando.

-¿Y el gil?

-No le digás así. Nicolás es bueno. Y Papi lo quiere.

“Papi” es dueño de una docena de carnicerías por provincia. Todas, excepto Córdoba. Tiene más plata que varios de los Rolling Stones, y una hija con una vida más disipada que todos ellos juntos, Verónica. Y Papi ha decidido que Verónica siente cabeza.

-¿Y cómo vamos a seguir, después que te cases?

-Igual que hasta ahora. Acostándonos cuando yo quiera, mientras Nicolás trata de arreglar el mundo escribiendo verdades que a nadie le interesan, y Papi trata de llevarlo a trabajar a la carnicería.

Porque Verónica, sigue llamando al negocio “la carnicería”, a pesar de que Papi exporte el 24% de la carne del país. Y lo único importante para ella, es que “la carnicería” le permite cambiar el auto cada seis meses, el menor de sus gastos.

Una chicharra anuncia que hay alguien en la entrada, y Verónica, con fastidio, se pone de pie.

-Deben ser los de la agencia de turismo con los pasajes. Andá vistiéndote.

Ramón acepta la orden sin siquiera pensar en ella, mientras Verónica va hacia la puerta.

Lo primero que le llaman la atención son los ojos verdes, que por un extraño efecto le hacen acordar a la caoba. Se han oscurecido delante suyo, y por un segundo tiene miedo. Es solo un segundo.

-Vos sos Mariana, la ex de Nicolás-dice Verónica sin sonreír.

Los ojos verdes la escanean rapidísimo, y siente como si su alma hubiera sido pasada por una picadora de carne. Al mismo tiempo, percibe a Ramón a su espalda, y sabe que Mariana no necesita más que esa imagen para conocer la película completa.

-Verónica-dice Mariana-. Verónica es nombre de puta.

El insulto no la sorprende. Su mente vuela a la velocidad de la luz sobre todas las posibilidades existentes. Ha escuchado hablar de Mariana, y sabe que está loca. Y la súbita aparición en su departamento, en ese momento preciso, en un punto la divierte.

-No te va a creer. Podés decirle lo que quieras, pero Nicolás no te va a creer. Lo tengo domado como a un perrito.

No ha visto moverse las manos de Mariana, y aún así, siente el violento cachetazo que la hace retroceder tres pasos. Es Ramón quien la sostiene para que no se caiga.

Pero Ramón no se limita a eso. Suelta a Verónica, que ya ha recuperado el equilibrio, y avanza hacia Mariana. Los músculos de su brazo izquierdo se tensan como alambres, y toda su experiencia como patovica* se pone en práctica mientras agarra del cuello a Mariana, y la empuja contra una pared. Empieza a asfixiarla.

Solo quien ha visto en acción al Demonio de Tasmania podrá entender lo que sucede a continuación. Las manos de Mariana salen disparadas hacia los ojos de Ramón, quien alcanza a tirar su cabeza hacia atrás, y logra protegerlos, pero ya sus uñas están haciéndole surcos profundos en la cara. Casi al mismo tiempo, o antes, quizá, el taco de Mariana martilla los dedos descalzos de Ramón, fracturando al menos cuatro de cinco. Finalmente, la otra rodilla se ha elevado como un resorte, e impacta en la zona pélvica del patovica, que a esa altura ya se encuentra gritando como una niña.

Ramón ha dejado ir a Mariana, y se retuerce en el suelo como la cola de una víbora que recién ha sido cortada, una mano en la entrepierna, y la otra en los dedos del pie. Su cara sangra profusamente, y ha empezado a llorar.

Verónica, la sofisticada reina de la superación, tiene miedo. Si Mariana ha sido capaz de hacer eso con Ramón, qué no hará con ella.

Los ojos de Mariana son rayos láser, y Verónica la ve luchar contra sus deseos de terminar con ella ahí mismo. Y sabe que puede hacerlo.

Pero Mariana se ha dado vuelta, sin siquiera dedicarle una mirada, y va hacia el ascensor. En menos de cinco segundos, ha desaparecido.

Verónica ve la pila de excremento que sigue sacudiéndose en su living, y la patea con desprecio. La vergüenza del casamiento cancelado, la imagen de Papi enfurecido, y la posibilidad del corte de víveres, lo que en un caso extremo hasta incluso podría devenir en que ella, Verónica, tenga que trabajar, son demasiado.

-Pelotudo. Levantate. La mina esta está loca. Hay que pararla.


*Patovica: Gorila. Individuo que a la entrada de una discoteca se encarga de seleccionar quién entra y quién no, generalmente siguiendo criterios cromáticos (prescindiendo de eufemismos, racistas).






Hasta las centrales atómicas necesitan recargarse alguna vez, y Mariana también.

Nicolás no contestó su celular, ni el fijo de su departamento. No le sorprende. La puta esa de Verónica lo debe tener aislado, pero ni ella ni nadie podrá impedir lo que se viene.

Nunca ha tenido miedo del rídiculo. No es cómo dicen los demás, que lo disfruta, pero sí hay algo que es cierto: ella no necesita de cámaras para hacer una escena.

Y con la certeza de que podrá ganar o perder, pero nunca dejar de pelear, se duerme.

Y no sueña.

El casamiento es a las once, en el registro civil de la calle Uruguay. Ella se pone unos jeans y unas botas cómodas, de taco bajo. Nunca sabe cuando hay que moverse con agilidad, pero quizá ese sea uno de esos días.

El infierno empieza cuando su Fiat Palio asoma la nariz afuera del garaje. La puerta del acompañante se abre, así como las dos de atrás, y antes de que pueda darse cuenta, ya son cuatro en el auto. La frase termina de redondear el violento deja vu, y el recuerdo de la vez que la secuestraron le pega como un látigo.

-Manejá.

A su lado, el amante de Verónica, con sendas vendas en la cara, y una mueca de sadismo. La vista de Mariana va hacia abajo, y ve la pistola que el tipo sostiene con un cierto temblor. Más abajo, una bota de yeso, recubriendo el pie que ella aplastó la noche anterior.

-Nena, movete, que no tenemos todo el día.

Ella acelera, pero con cuidado. Le tiene más miedo al miedo del patovica, que al propio.

-Que no se te vaya a escapar un tiro, ¿eh?

El patovica no contesta, y es uno de los de atrás el que decide participar.

-Che, Ramón, ¿esta piba es la que te dejó así?

-¡Callate, boludo! Sin nombres.

No sabe si alegrarse o llorar de impotencia. “Sin nombres”. El tipo es tan estúpido que piensa que ella no podrá identificarlo. En el mejor de los casos, implica que la van a dejar ir. Eso, y que no podrá llegar antes de que Nicolás se case con la puta.

-Vamos a dar un paseíto. Serán un par de horas, nada más. Para que no se te ocurra arruinar ningún casamiento. ¿Entendés?

¡Dios! Peor que estar en manos de un loco, es estar en manos de un imbécil, y el tipo sin duda tuvo un bonzo de cerebro al nacer. Los nudillos se le ponen blancos de tanto apretar el volante.

Tranqui, Mariana. Tranqui. Tenés que salir de esta.

Pero no es tan fácil, y el reloj del auto sigue corriendo.

Dios, Dios, por favor, prometo ser mansa de ahora en más, pero dame una mano. Una sola. Una chiquita. Tengo que parar ese casamiento.

Pero Dios no se hace cargo, y aunque el patovica apoyó la pistola en su regazo, sería una estupidez intentar cualquier cosa.

Han llegado a la Avenida Lugones, y es poco el tránsito que va hacia el norte. La masa entra a Buenos Aires, y ella, al percatarse, se resigna. Aunque diera vuelta ya mismo, sería imposible llegar al registro civil a tiempo.

-Si te quisiera mansa, te hubiera hecho oveja.

La voz resuena fuerte en su cabeza, y ella tiene la certeza de que ninguno de los matones ha sido quien habló. Toda la vida le han dicho loca, pero nunca, como hasta ahora, ella tuvo la certeza de estarlo. Escuchar voces es gravísimo.

Y de golpe, todo tiene sentido. El mundo, en un giro perfecto y perverso, o no, le regla la ironía más fina del mundo. Fina como el filo de una espada, y mil veces más peligrosa.

El BMW la ha superado por la mano izquierda, a velocidad media, la suficiente para que ella viera las caras de sus ocupantes. Y no son otros que sus amigos de la situación anterior, los que la secuestraron hace unos meses, y que ella llevó al departamento de Nicolás, el cual desvalijaron.

Sacude la cabeza con incredulidad, y no es consciente, o tal vez sí, de que su mano derecha pone tercera, y el auto sale disparado hacia la puerta del BMW.

-¡Qué hacés, pelotuda!

El patovica tira el arma al suelo, y se cubre la cara como si estuviera protegiendo un hijo recién nacido. Es sabio en su cobardía, porque el impacto lo estrella contra el parabrisas.

En unos segundos, todo ha terminado, y el silencio es total. Pero solo es un segundo.

El patovica la toma del cuello, y con la otra mano, le pega una trompada en el pómulo, sacudiéndole hasta el talón. Ella alcanza a ver cómo la mano se alza nuevamente, pero es la ventana del acompañante la que estalla esta vez, y puede ver la culata de una pistola, de otra pistola, golpeando repetidas veces la cabeza del amante de la puta.

La pelea es rápida y desigual. Los ladrones de autos son sádicos y eficaces, y en menos de quince segundos los tres matones son pulpas de sangre en el asfalto.

-Vos. Vos de nuevo-dice uno de los ladrones.

El ojo de Mariana ha empezado a latir al ritmo del regetón que aún suena en el BMW, ritmo menor, mucho menor al de su corazón.

-A estos no los conocemos-dice señalando a los matones, mientras otro ladrón les apunta con una escopeta recortada-.

-No, esto es otra cosa- dice Mariana, mientras empieza a temblar de forma descontrolada.

-Pará, pará. Tranquila. Ya está.

Pero no, ella sabe que nada está. Que todo ha terminado. En muchos sentidos. En todos.

-Contame-dice el ladrón.

Y ella le cuenta, una historia larguísima, que ella, a fuerza de haberla pensado un millón de veces, es capaz de resumir en veinte segundos. Una historia triste.

-Andá, agarrá tu auto y andá. Apurate. Por ahí llegás.

Mariana asiente, y como un robot se dirige a su auto, pero cada paso es una sacudida interminable de temblores.

-Capo, esta no puede manejar.

El Capo recibe la obviedad con pesar, y medita. Y es otra historia la que viene a su cabeza, una que no vale la pena contar, no ahora, al menos, pero que involucra una mujer y otro hombre. Y algunos corazones. Rotos.

-Meteoro, vos llevála en el BM.

Meteoro no tiene más de dieciséis años, y sonríe.

-¿Quemando gomas?

-Quemando gomas-dice el Capo.

No hay despedida, sino un simple gesto de cariño, mientras el Capo ata el cinturón de Mariana.

-No la mates. Y que no te agarre la cana.

Son demasiadas cosas las que ocurren, y las que ocurrirán, y que Mariana nunca sabrá. Por ejemplo, que el BMW será el último auto que Meteoro robe, y que seis meses después, partirá a Europa a competir en Fórmula 3. Que seis años después, Meteoro será el primer corredor argentino de F1 en más de 20 años. Y que Meteoro, siempre que esté en problemas, en una situación difícil, en el medio de una carrera, recordará ese trayecto de Lugones al registro civil de Uruguay, en hora pico.

Mariana tampoco sabrán que en Alemania, un año después, ingenieros de la fábrica de BMW analizarán compendio de videos de seguridad, en el que un automóvil diseñado y fabricado por ellos, realizó maniobras que desafiaban todas las leyes vigentes, incluida la de la gravedad.

Mariana tampoco sabrá qué pasó con el Capo, o tal vez sí, hay historias que tienden a cruzarse en la vida, y quien sabe si la última palabra había sido dicha.

Lo único que Mariana sabrá, es que en menos tiempo del físicamente posible, grandes distancias habían sido reducidas a pasos, y que en segundos, ella caminaba, aún temblando, por los pasillos del registro civil.

La gente venía en sentido contrario a ella, y el zumbido de sus propios oídos le impedía escuchar lo que decían, pero creía ver caras de asombro.

Sabía que su caminata era inútil. El reloj de pared marcaba las once treinta, y el casamiento ya habría terminado. Aún podría decirle a Nicolás que había cometido un error, un error tan grande como el de ella misma, meses antes, pero no serviría de nada. Y hasta dudaba de sí hacerlo o no. En ese segundo, la vida había perdido gran parte de su sentido.

-Un pelotudo. Un pendejo pelotudo. Se merece la golpiza.

Por alguna razón las palabras perforaron el zumbido, empezaron a rebotar en su cerebro. Se dio vuelta, y vio un hombre mayor, cuya mano estaba cubierta de sangre. Le pareció raro.

Llegó hasta la sala en la que la ceremonia se había llevado a cabo, y entró. Estaba vacía. Casi totalmente.

Sentado en una silla, con la nariz, la boca y la camisa cubierta de sangre, Nicolás la miraba, sonriendo.

-Pensé que podía. Pensé que podía, y no pude. Te extraño-dijo Nicolás.

Mariana empezó a reírse, y el dolor le recordó que ella misma había recibido una tunda parecida a la de Nicolás.

-Me alegro que no hayas podido, Nico-dijo Mariana, mientras lo besaba.

Y hubo perdices que lamentaron ese final.





No sé si les gustó tanto como a mí. Personalmente, aplaudo el trabajo que hizo este talentoso bloggero, porque la verdad, es uno de los pocos relatos que leí entero en mi vida y que me mantuvo enganchada hasta saber el final de la historia.

Como ya mencioné más arriba, si quieren leer más relatos del autor, pueden entrar a su blog 2teclas.com

Saludos ^^

5 comentarios:

  1. Nena, de momento no me la he leído, pero me guardo esta entrada en mis favoritos y después en un tiempecito, le pongo más atención.
    No me quería ir sin comentar. Muy curioso lo de la revista! Me parece muy bien.
    Saludos!!

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  2. Está super divertida! jajaja me encantó. Es un chico muy talentoso!
    Dónde compraste el libro? :O
    Un besote^^

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  3. Kyra, la verdad que la idea de la revista a mí también me pareció genial :)

    Cande, lo compré por tematika.com ^^

    Besotes chicas ^^

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  4. Ya me había pasado por aquí pero no había tenido chance de leerme la entrada completa, pero ahora que lo hice déjame decirte que fue muy graciosa y divertida, sin duda muy acertado que la revista te llegara para que compartieras esto con nosotros :)

    besos!!!

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  5. Hola, por San Google, como le decís vos, llegamos todos a todos lados. Te agradezco un montón que hayas difundido esta historia. Por varias razones la quiero mucho, y me dio también muchas satisfacciones.

    Te mando un beso, y gracias de vuelta.

    Marcos

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